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domingo, 15 de agosto de 2010

Fátima y Sarah

Fátima tiene 23 años. Es musulmana y vive en Silwad, una aldea situada 12 kilómetros al norte de Ramallah. Está casada con Ibrahim desde hace un año. Tras casi 9 meses de espera, hoy es el día. Ha roto aguas. Si es niño se llamara Ahmed Ibn Ibrahim. Si es niña, Zoraida, como su abuela paterna. Fátima está nerviosa. Sabe que el parto es doloroso, y como toda madre, teme que algo salga mal. Será su primer hijo. ¿Y si hay algún problema? ¿Y si no es capaz de soportar el dolor? ¿Y si el niño naciera con alguna malformación que resulte mortal?

Fátima no conduce. Tampoco Shamy, su vecina, quien le acompaña en estos momentos de tensión y de esperanza. Tiene que esperar a que regrese Ibrahim para que la lleve al hospital de maternidad de Ramallah. En Silwad había un hospital, pero fue destruido durante los últimos bombardeos israelís.

Ibrahim es ingeniero agrícola. Hasta hace 3 años trabajaba para el gobierno de la Autoridad Nacional Palestina, ayudando a los agricultores de la zona a mejorar sus explotaciones agrícolas. Tras la construcción del muro, las plantaciones quedaron del lado israelí, por lo que se quedó sin trabajo. Desde hace dos semanas, Ibrahim trabaja en el asentamiento israelí cercano al pueblo. Dada la expansión que ha experimentado en los últimos años, el Estado de Israel ha decidido construir una nueva torre de vigilancia más alta, que sirva para proteger también a las casas más nuevas. Para ello, emplean mano de obra palestina, con contratos de un día. Ibrahim tuvo que aceptar, ya que es la única manera que tiene de poder alimentar a su hijo. Sólo descansa el shabath. Hoy, domingo, comienza una nueva semana.

Gracias a ese trabajo, Ibrahim tiene un permiso temporal de entrada en Israel. Por eso, Fátima espera a su marido. Sale de trabajar a las 5, y dependiendo de las dificultades que le pongan en el checkpoint de regreso, cubrirá los 6 kilómetros que hay desde el asentamiento a Silwad en 20 minutos o en varias horas.

Son las 17.43 exactamente cuanto Fátima oye el motor del viejo coche de Ibrahim. Por fin. Ahora saldrán inmediatamente para Ramallah. 12 kilómetros. Si hay suerte, en menos de 20 minutos llegarán al hospital. Antes de salir, Ibrahim le aconseja a Fátima que se quite el velo. Sí, el iman no estaría de acuerdo. Pero en los checkpoints es mejor parecer árabe cristiano o laico. Está en juego su hijo, por lo que aprieta los dientes y se retira el velo. Un temblor recorre su cuerpo. Se siente desnuda. Los nervios van creciendo, a pesar de la seguridad que le da la compañía de su marido. Teme no ser lo suficientemente fuerte para aguantar los dolores.

El coche arranca. Ibrahim va delante y Fátima atrás, tumbada sobre una toalla. Shamy se queda en la puerta, con el rostro serio y haciendo un gesto de despedida con la mano.

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Sarah tiene 23 años. Vive en Tel Aviv. Estudia Derecho, aunque desde hace un año, realiza el servicio militar obligatorio y tiene algo abandonada su carrera. Ni siquiera tiene claro que quiera terminarla. Era una joven tímida, amante de la lectura y le costaba mucho hacer amistades. En el ejército ha cambiado su vida. Ha podido trabajar en equipo, compartir todo con sus compañeros, sentirse parte de una causa común. Ha encontrado la ilusión. Incluso es de las chicas más populares de su unidad. Se siente segura con el arma en las manos. Resultó ser de las mejores tiradoras de su promoción. A pesar de la oposición de sus padres, ya lo ha decidido. Quiere ingresar en las Fuerzas Israelís de Defensa y dedicar su vida a servir a su país.

En este último año, Sarah ha dejado de hablarse con algunas de sus conocidas, sobre todo con las árabes. Siente cierta repugnancia por ellas. No entiende como pueden apoyar la causa palestina. Los atentados suicidas palestinos son la prueba de la maldad de ese pueblo. Son gente peligrosa, que quiere destruir a Israel, y en particular a lso integrantes de su ejército. Sarah aún no sabe lo que es matar, pero cree que no le temblará el pulso si un suicida se dirige hacia ella con una bomba o si su Estado le llama para la guerra contra Hizbullah o Hamas. Al fin y al cabo, para eso es el entrenamiento. No fallará.

Estas son las meditaciones que entretienen la mente aburrida de Sarah. Hoy es un día de lo más tedioso. Domingo, 15 de agosto. Le toca guardia en el checkpoint del norte de Ramallah. Hace mucho calor. Los coches circulan con normalidad. Tienen orden de parar a uno de cada 3 ó 4 vehículos. Controles rutinarios, ya se sabe.

Pero la tranquilidad siempre es pasajera en la zona. Se arma un enorme revuelo en la cabina de al lado. Sarah va para allá. Un hombre palestino discute airadamente con Gideon, su compañero de guardia. Tras una mirada rápida ve que una mujer está tumbada en la parte de atrás, sudorosa y al borde del desmayo. Tiene un bulto en la barriga. No está claro si está embarazada, o es una coartada para portar armas. Gideon le cuenta, orgulloso, que ha pillado a un matrimonio palestino tratando de cruzar el checkpoint sin autorización. El hombre argumenta que tiene permiso para pasar. No es así. Su autorización empieza a las 9.00 y termina a las 17.30, lo suficiente para entrar al asentamiento a trabajar y volverse a casa. Nada de viajes fuera de ese horario. Gideon es un tipo observador. Ella prefiere la acción. Quizás ni se hubiera dado cuenta de la limitación. El matrimonio palestino no está de suerte. Sarah sonríe y les indica que pueden dar media vuelta. El hombre, desesperado, se arrodilla ante Gideon. Le explica por enésima vez que van a Ramallah, al hospital. Que son gente pacífica, que no quieren más que formar una familia y trabajar para poder vivir con dignidad.


Ya lo había dicho el general Stravinsky en su charla del vienes pasado. Los terroristas utilizarán todo tipo de excusas para pasar. El marido grita. Tratarán de apelar a la piedad, a la empatía. Hay que ser fuerte. Quizás hace un año, su corazón se hubiera adulzado, y hubiera terminado por dejarles pasar. La mujer acaba de perder el conocimiento. Pero hoy no. Sarah es ahora más madura, más entera. El marido está al borde de la locura. El coche da media vuelta. Sabe que la gran amenaza para Israel son los altos índices de natalidad de los palestinos. La mujer está muerta. El niño también. Sarah sabe que a Israel no le conviene favorecer los nacimientos palestinos.

Su turno termina a las 19.00. Una hora más, y volverá al cuartel. Es importante darse prisa. A las 21.00 hay fiesta de disfraces, y aún tiene que terminar de darle los últimos retoques al traje. Se van a vestir de enfermeras. Será divertido. Es una gran forma de matar el aburrimiento veraniego. Luego tomarán unas copas y reirán hasta el amanecer. Mañana le toca día de descanso. Quizás aproveche también para ir de rebajas y comprar algo de ropa.

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Querido lector, Fátima y Sarah son fruto de la imaginación. Su historia no. Según los datos del Informe de la Organización Mundial de la Salud, entre 2000 y 2006, hubo 39 partos fallidos en checkpoints, porque el ejército israelí negó el paso a los vehículos que llevaban a la mujer embarazada. En el próximo informe, que será en 2012, quizás se supere ese número. ¿Lo impedimos? Feliz café.

domingo, 17 de enero de 2010

Época de exámenes

Un año más, se acerca la temporada de exámenes universitarios. Como cada enero, los nervios se adueñan por unos días del estudiante. Falej no era una excepción. Esta vez, sólo hay un pequeño cambio: Falej termina la carrera, por fin. La nota de estos últimos exámenes es vital para poder encontrar un buen trabajo. Tras cinco años de esfuerzo, al fin recogerá los frutos.

Falej estudia Ingeniería en la universidad Pública de Al Quds. Es el mayor de cinco hermanos. Su padre fue detenido hace dos años, y aunque sin juicio alguno, fue encerrado en la cárcel por atarse a uno de sus olivos, el día en que los soldados israelís vinieron a limpiar la zona para la construcción del muro. Desde entonces, permanece incomunicado. Su madre trabaja en la tienda de alimentación de Abu Ali, pero con esto no es suficiente para comer. Por eso, los fines de semana Falej trabaja como chófer y traductor para una delegación las Naciones Unidas.

Estos días ya no trabaja, porque quiere centrarse en los exámenes. El primero es hoy mismo. A las 5 de la mañana ha sonado el despertador. Aunque examen es a las 10, Falej no quiere arriesgarse a llegar tarde. La Universidad de Al Quds está a sólo 20km de su casa, pero ha de pasar 2 checkpoints, y quiere evitar las largas colas que se forman a partir de las 7. La autopista, por la que se tarda tan sólo 25 minutos en llegar, sólo puede ser utilizada por los colonos. Él tiene que ir por la carretera mal asfaltada, que va serpenteando entre asentamientos; es la única que por la que los palestinos pueden circular.

Tras unos 45 minutos de trayecto, llega por fin al primer checkpoint. El joven soldado israelí, todavía somnoliento, le pregunta a dónde va. "A la Universidad, señor". - "¿A estas horas de la mañana? ¡No estará ni abierta!" Es un joven más o menos de su edad. Quizás más pequeño. Es bajito y regordete, pero le gusta disfrutar de la superioridad que le da el arma. Como aún no hay nadie más pasando el control, el soldado decide indagar un poco más. "-¿De qué nacionalidad eres?" Falej aprieta los dientes, se traga su orgullo, y dice - "De ninguna, señor". "Bien, puede pasar".

En el siguiente checkpoint no tuvo tanta suerte. Tres soldados hacían guardia. Dos chicos y una chica. Ambos chavales parecían competir por ella, y Falej les proporcionó una oportunidad de oro para hacer alarde de valentía. Le hicieron bajar del coche y poner las manos en la cabeza, mientras lo registraban todo. A uno de los soladados pareció llamarle la atención el libro de Falej, así que se puso a hojearlo. Estaba en Árabe, por lo que no puedo entender nada. Todos los apuntes que estaban dentro cayeron al suelo, sin que el soldado mostrara la más mínima preocupación. "¿Llevas armas pegadas al cuerpo?" "No, señor" "Ahora lo veremos, ¡bájate los pantalones!" Falej respiró hondo, y obedeció. Efectivamente, no llevaba armas.
No contentos con esto, le pidieron el permiso para ir a Al Quds, que Falej enseguida mostró. El otro soldado se metió en la cabina del checkpoint a hacer una llamada. Al salir, dijo "No puedes entrar en Israel, tu padre es un terrorista que está en la cárcel" "¡Pero si llevo entrando todos los días durante 5 años!" "Gran error el nuestro, no nos volverá a pasar. Puedes volver ya para tu casa, hijo de terrorista".

Falej no daba crédito. Llevaba dos semanas preparando este examen. ¡Le faltaba tan poco para poder ser ingeniero! No podía rendirse ahora. Eran sólo las 7.30, así que decidió volver sobre sus pasos e intentarlo por otro checkpoint más al norte. El soldado del primer checkpoint lo miró incrédulo al verle volver tan pronto. Lo retuvo durante más de 1 hora, hasta que pudo contactar con sus compañeros y le aseguraron que no podía pasar.

El checkpoint del norte estaba atestado de gente. Era ya hora punta, y los trabajadores palestinos iban poco a poco haciéndose paso a base de bocinazos. Tan ocupados estaban los soldados con tanta gente, que no perdían tanto tiempo pidiendo la documentación. Con tanta tensión, Falej casi olvida que tenía examen. Finalmente, le dejaron pasar.

A las 12.30 llegó Falej a la universidad de Al Quds. Con lágrimas de rabia, se presentó ante el profesor, quien no dijo nada. No hay necesidad de palabras para explicar lo cotidiano. La Universidad le dio a Falej la oportunidad de presentarse al día siguiente a ese mismo examen. Aunque sus apuntes yacían en un checkpoint, aceptó encantado. Le ofrecieron además estancia gratuita por una noche en la residencia universitaria cercana al recinto, para evitar un nuevo altercado en la frontera.

Aquella noche fue una de las peores de su vida. Aunque no tardó nada en conciliar el sueño, a las 11 de la noche irrumpieron en su habitación 3 soldados israelís, golpeando bruscamente la puerta. Le dijeron que tenían que hacerle algunas preguntas, y que en unos minutos llegaría un traductor para comenzar a entrevistarle. Esos minutos fueron 2 horas, tras las cuales comenzó un largo y ridículo interrogatorio, con preguntas sobre la utilidad de estudiar ingeniería para luego ser un terrorista, sobre sus vínculos como Hamas o sobre si sabía que su padre estaba muriéndose en la cárcel. A las 6 de la mañana se marcharon, dejando en la habitación un tétrico silencio.

A la mañana siguiente, Falej hizo su primer examen. Le salió peor de lo que esperaba, pero aún así, mantenía esperanzas de aprobar. Al volver de nuevo a casa, aturdido por el insomnio y los acontecimientos, se topó de nuevo con un soldado israelí, que llevaba un café en la mano. Sin apenas mirarlo, oyó una voz que decía: "¿Nacionalidad?". Luego el soldado dio un largo sorbo de café.

PD. Querido lector, si usted está ahora de exámenes, le deseo suerte, aunque dadas sus cómodas circunstancias existenciales, dudo que la necesite. Feliz café.