En las leyes constitucionales egipcias, se dice que además de los nacidos en Egipto o de padres egipcios, podrán tener la nacionalidad egipcia todos aquellos que practiquen la religión musulamana. Esto implica discriminar favorablemente a un grupo -los musulmanes- en detrimento de cristianos, ateos y judíos.
Según la Rae, en lengua castellana, "racista" es aquel que exalta el sentido racial de un grupo por oposición a otros. Por ello, diré que la República de Egipto es un estado racista.
El artículo 2.1 de la Carta de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, firmada en 1948, establece que no cabe discriminar a nadie por razón de su religión. ¿Cómo puede ser que hoy, en el siglo XXI, haya un estado tan teocrático como para llegar a dar la nacionalidad a todos aquellos que profesen la religión mayoritaria? Esta práctica supone la institucionalización y el favorecimiento del confesionalismo del Estado, y relega a quienes no comparten esa religión a la categoría de ciudadanos de segunda. Más aún, no es algo que un gobernante pueda cambiar, sino que hay que modificar las leyes constitucionales del Estado y para ello se precisa consenso interno y presión exterior. Todos los países económicamente punteros deberían romper relaciones con un Estado que incumple así los derechos humanos y uno de los dictámenes más básicos del sentido común: que todos los seres humanos son iguales, sin importar las creencias que profesen.
Coincidirá conmigo, amable lector, que este hecho merece también la condena de los ciudadanos que crean en la democracia y en la libertad. Por eso le pido que se una a mi rechazo y que contribuya a extender el mensaje de boicot a este tipo de países. Muchas gracias por su amabilidad.
Ah, y perdone por mi error. No es Egipto, sino Israel, el país que desde su fundación, otorga la nacionalidad a quienes profesen la religión judía. Espero que este pequeño desliz no disminuya la rotundidad de su condena a un estado teocrático y racista. Disfrute del café.