
Hoy se cumplen 20 años desde la caída del muro de Berlín. El tono de celebración se adueñará de todas las portadas de los periódicos. Estoy de acuerdo en que el 11 de noviembre de 1989 es un día para recordar con alegría. Miles de berlineses pudieron reencontrarse con sus familiares, y cayó el infame hormigón que partía en dos la ciudad. Se terminó con el sufrimiento que supone estar separado por tan deleznable construcción, y por una vez, ganó el sentido común.
Sin embargo, hoy no deberíamos celebrar nada. Tras haber visto lo maravilloso que es vivir sin un muro que divida a las personas, no parecemos haber aprendido que todos aquellos que viven separados por un muro sufren, con independencia de su nacionalidad. Hemos seguido construyendo muros: en Melilla -España-, en la frontera norte de México -USA-, y cómo no, en Palestina - Israel-.
Por eso, me niego a celebrar nada hasta que el pueblo palestino deje de vivir en un ghetto, aislado por un muro construido en un 80% en territorio palestino, y condenado por la Corte Internacional de Justicia. Miles de kilómetros de separación, hormigón, alambrada, torres de vigilancia, miles de soldados, palestinos asesinados casi semanalmente por manifestarse cada viernes de forma pacífica contra la barrera de la vergüenza, campesinos separados de sus tierras, familias divididas, árboles destrozados... Todo ello con una finalidad encubierta: la conquista de Palestina, que Israel está llevando a cabo, bajo el lema "abarcar el mayor terreno posible, con el menor número de palestinos posible".
Querido lector, a pesar de que Israel vulnera el derecho internacional y los principios morales más básicos, no deje que la culpa le invada. Usted ya hizo bastante en su día, manifestándose contra el comunismo y el muro de Berlín. El muro de Palestina que lo tiren otros, si acaso. Y que otros celebren los 20 años de su caída. Usted festeje este aniversario que hoy se nos presenta y disfrute del café.
Tal día como hoy, hace 48 años, el gobierno de la República Democrática Alemana decidió erigir un muro en Berlín para separar la ciudad. Fue por la noche, sin avisar. Los berlineses despertaron aquel día consternados por la barbarie. El muro tenía una longitud de 120 kilómetros y fue construido íntegramente en territorio soberano de la RDA. Aún así, la comunidad internacional protestó efusivamente y desarrolló una ofensiva diplomática de condena. No se podía dejar que se hiciera algo así en el nombre del comunismo.